En ese preciso instante sólo quería saltar. La sensación de estar viviendo tanto más de lo que podía procesar se me hacía desesperante. Habíamos llegado a Praga guiadas por un impulso casi inconsciente. Planeando el viaje entre mapas un mes atrás, notamos que este destino se alejaba miles de kilómetros del recorrido que habíamos diagramado y tampoco entraba en el circuito del Eurail Pass, pero no nos importó.
De pie en medio de ese puente, la certeza se hizo carne. Debía estar ahí, y no en el medio de cualquier otro puente de alguna otra ciudad. Sentía que todo en mi vida había ocurrido sólo para encontrarme en esa coordenada espacio-temporal. Aunque si así era, se hacía evidente que ese momento había llegado mucho más rápido de lo que esperaba, ya que en ese entonces yo tenía veinte años y todo un universo de posibilidades por delante, pero a decir verdad saltar de un puente no estaba exactamente en mis planes.
La mente y el cuerpo se sentían como invadidas por un fuerte narcótico, por un frasco entero de ellos. Lo que ingerí fue una sobredosis de belleza insublimable.
-Ann, acabo de entender exactamente de que se trata el sentimiento ese de los poetas románticos sobre el dolor de la belleza. Ani, exploto, necesito saltar.-
Y Analía que me agarraba del brazo y me abrazaba, le ví lágrimas idénticas a las mías, miraba todo y exclamaba también.
-¡Los cisnes existen más allá del lago dorado del Cascanueces!. En Buenos Aires sólo tenemos patos horribles. ¡Y acá sólo hay cisnes!-
Entonces la única palabra que vino a mi mente fue exceso. Ese tipo de exceso que provoca dolor. Como cuando se intenta guardar tantas mas cosas de las que una valija puede contener y termina reventando por presión. Ahí estaba el punto, la presión. Reventar, explotar, saltar. Si total, las cosas no iban a acomodarse tan fácilmente, entonces la idea del salto se me hacía de una lógica perfecta y acabada. Saltar, sí. Esa era la clave.
Tenía la seguridad de que esa sensación no iba a volver a repetirse, de que estaba experimentando el sumum de lo elevado. La única vivencia análoga a esto puede ser la del primer amor, pero el amor tiene que fluir de modo sincronizado con otro y se basa en una mutua construcción ilusoria. Además, habiendo experimentado el desencanto, descarto que se encuentren en la misma categoría. No, esto era otra cosa, un fenómeno personal, pura exaltación de los sentidos, de la mente, del alma o lo que fuera que nos conforma como universo humano individual a raíz de presenciar una realidad nueva, distinta a todo lo previamente conocido y concebido.
No sólo tenía que ver con la belleza del paisaje, sino con el estado más puro de la soledad. Estaba Analía, sí, pero estábamos viviendo viajes separados, y tan lejos el uno del otro como los kilómetros que nos separaban de Buenos Aires. Y es que en el fondo se trataba de eso, de la vivencia personal de uno, de cuando no hay nadie más que uno y tampoco hace falta, porque uno más el mundo bastan para mirarlo desde arriba, o desde abajo, desde donde sea pero no desde la rutinaria y vulgar superficie.
Sin embargo en el ser conciente de la autosuficiencia había algo agridulce, como en el costado amargo de la belleza, porque no hay plenitud ni perfección absoluta. El mismo germen que me provocaba saltar al vacío me hacía detenerme. Todavía faltaban muchos más paisajes, más amargura y más esplendor. Más de todo. Todo era parte de todo, y no iba despreciar el devenir por un momento de debilidad. Si había ido en busca de ese todo, esto era sólo el comienzo.

1 comentario:
La comunicación no existe.
Y al fin de cuentas, uno quiere hacer las cosas como supone que debería hacerlas y termina haciéndolas como le sale.
Creo entender un poco esa emoción que describís... pero estoy seguro de no entenderla del todo, porque básicamente, la comunicación no existe.
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