miércoles, 21 de marzo de 2007

Sobre el fenómeno de ilusión sincronizada

Comienza con un repentino fluir avasallante del pálpito, como un narcótico apoderándose de cada centímetro del ser corpóreo y espiritual. La carne comienza su lucha por derrotar a esa obsoleta fachada denominada piel; ésta se agrieta, se consume felizmente para teñir de rojo malbec cada detalle del recorrido sensorial.
No hay otro medio de sublimación satisfactorio más allá de aquella explosión tempestuosa. Esta alcanza su máximo esplendor cuando, creyendo que se mira al espejo, se fusiona con otra tempestad de idéntica intensidad y estalla en un estruendo ensordecedor, tan oceánico como celestial.

1 comentario:

Miguel D. Barrenechea dijo...

O cómo maquillarse...


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