Esta mañana, la nueva mermelada de moras provocó que los primeros cuatrocientosveinte segundos de mi día fueran tanto más amenos que de costumbre. Creo que sólo en estados de somnolencia o afines puedo apreciar de manera excepcional cosas tan ínfimas.
Ojalá me ocurriera eso durante los otros cincuetisietemilseisientos segundos que suelo pasar despierta.
miércoles, 7 de marzo de 2007
siete minutos de felicidad
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