El cielo prometía un aguacero de dimensiones monumentales. Franjas color coral y gris plomo chocaban entre sí y se mezclaban formando figuras tan cautivantes como lúgubres. Yo caminaba por una avenida, obsesionada con la idea de encontrar algún cafetín pintoresco donde pudiera asesinar unos pedazos de tiempo.
La inminencia de la tormenta comenzaba a hacerse notar con efectos sonoros que hacían retumbar los tímpanos de todos. En un segundo de relámpago, noté una figura de particular encanto en el interior de un café y sin pensarlo me precipité a entrar.
Me senté dos mesas frente a ella pero no advirtió mi presencia. Miraba a través de la ventana, como hipnotizada con el movimiento exterior. Me pregunté si estaría esperando a alguien, o a algo, o a nada ni nadie en absoluto. Aunque su cuerpo permanecía estático, sus ojos tenían un tinte lúdico y parecían explorar con vehemente expectativa todos los recovecos del espectro visual.
La masa de cuerpos se desplazaba en todas las direcciones a paso apresurado; se presentía que el agua no se iba a hacer esperar mucho tiempo más. Encendí un cigarrillo, alternando entre mi afuera e intentando adivinar cuál sería el afuera de la muchacha. Ansiaba ver la caída de las primeras gotas y me divertía por demás la idea de contemplar el sentimiento apocalíptico que se apodera de las personas de forma colectiva cada vez esto sucede. Me simpatizó imaginar que quizá ella estaría aguardando lo mismo.
Mi café llegó oportunamente para el comienzo de la función: un diluvio fantástico, estruendoso, violentísimo. El café se pobló en su mayoría de señoras con tocados de peluquería, madres y niños. La calle fue vaciándose con rapidez, cada tanto pasaba un sujeto corriendo y saltando charcos. Por un instante la avenida quedó desierta de todo rastro humano.
Como sucede a veces, el mundo se sincronizó con el tiempo del cigarrillo, porque cuando me distancié de la escena, ya estaba consumido. Todo había terminado, excepto la lluvia, que seguía estallando poderosamente contra cualquier superficie. De inmediato dirigí mi mirada hacia la mesa de la muchacha, pero ya se había ido.
-Clásica decepción cotidiana del desencuentro sin encuentro- pensé.
Y sí pero no, porque miré hacia la calle una vez más y ahí estaba, parada en la esquina, sin paraguas, la cabeza ligeramente erguida hacia atrás, los ojos cerrados y la ropa hecha océano. Lanzó un vistazo al café y chocó con mi mirada para regalarme una sonrisa de un millón de dientes, tan bella como demencial. En ese instante entendí que su estadía en el café no había sido otra cosa más que la antesala al teatro.
La tormenta comenzaba a violentarse un poco más. Pagué mi café y al salir sentí las gotas burlando mi abrigo, atravesándome la piel, llegando a los huesos. Comencé a caminar hacia ella y una sensación de escalofríos me nació en la nuca y me recorrío entera hasta los pies. En ningún momento ella apartó la mirada, yo tampoco. Cuando estaba por alcanzarla me pareció que el mozo se acercaba a la puerta agitando mi paraguas, incluso creo que me llamó, pero yo por las dudas no volví a mirar para atrás.
