lunes, 26 de marzo de 2007

los primeros días de otoño vienen así

El cielo prometía un aguacero de dimensiones monumentales. Franjas color coral y gris plomo chocaban entre sí y se mezclaban formando figuras tan cautivantes como lúgubres. Yo caminaba por una avenida, obsesionada con la idea de encontrar algún cafetín pintoresco donde pudiera asesinar unos pedazos de tiempo.

La inminencia de la tormenta comenzaba a hacerse notar con efectos sonoros que hacían retumbar los tímpanos de todos. En un segundo de relámpago, noté una figura de particular encanto en el interior de un café y sin pensarlo me precipité a entrar.

Me senté dos mesas frente a ella pero no advirtió mi presencia. Miraba a través de la ventana, como hipnotizada con el movimiento exterior. Me pregunté si estaría esperando a alguien, o a algo, o a nada ni nadie en absoluto. Aunque su cuerpo permanecía estático, sus ojos tenían un tinte lúdico y parecían explorar con vehemente expectativa todos los recovecos del espectro visual.

La masa de cuerpos se desplazaba en todas las direcciones a paso apresurado; se presentía que el agua no se iba a hacer esperar mucho tiempo más. Encendí un cigarrillo, alternando entre mi afuera e intentando adivinar cuál sería el afuera de la muchacha. Ansiaba ver la caída de las primeras gotas y me divertía por demás la idea de contemplar el sentimiento apocalíptico que se apodera de las personas de forma colectiva cada vez esto sucede. Me simpatizó imaginar que quizá ella estaría aguardando lo mismo.

Mi café llegó oportunamente para el comienzo de la función: un diluvio fantástico, estruendoso, violentísimo. El café se pobló en su mayoría de señoras con tocados de peluquería, madres y niños. La calle fue vaciándose con rapidez, cada tanto pasaba un sujeto corriendo y saltando charcos. Por un instante la avenida quedó desierta de todo rastro humano.

Como sucede a veces, el mundo se sincronizó con el tiempo del cigarrillo, porque cuando me distancié de la escena, ya estaba consumido. Todo había terminado, excepto la lluvia, que seguía estallando poderosamente contra cualquier superficie. De inmediato dirigí mi mirada hacia la mesa de la muchacha, pero ya se había ido.

-Clásica decepción cotidiana del desencuentro sin encuentro- pensé.

Y sí pero no, porque miré hacia la calle una vez más y ahí estaba, parada en la esquina, sin paraguas, la cabeza ligeramente erguida hacia atrás, los ojos cerrados y la ropa hecha océano. Lanzó un vistazo al café y chocó con mi mirada para regalarme una sonrisa de un millón de dientes, tan bella como demencial. En ese instante entendí que su estadía en el café no había sido otra cosa más que la antesala al teatro.

La tormenta comenzaba a violentarse un poco más. Pagué mi café y al salir sentí las gotas burlando mi abrigo, atravesándome la piel, llegando a los huesos. Comencé a caminar hacia ella y una sensación de escalofríos me nació en la nuca y me recorrío entera hasta los pies. En ningún momento ella apartó la mirada, yo tampoco. Cuando estaba por alcanzarla me pareció que el mozo se acercaba a la puerta agitando mi paraguas, incluso creo que me llamó, pero yo por las dudas no volví a mirar para atrás.

miércoles, 21 de marzo de 2007

Sobre el fenómeno de ilusión sincronizada

Comienza con un repentino fluir avasallante del pálpito, como un narcótico apoderándose de cada centímetro del ser corpóreo y espiritual. La carne comienza su lucha por derrotar a esa obsoleta fachada denominada piel; ésta se agrieta, se consume felizmente para teñir de rojo malbec cada detalle del recorrido sensorial.
No hay otro medio de sublimación satisfactorio más allá de aquella explosión tempestuosa. Esta alcanza su máximo esplendor cuando, creyendo que se mira al espejo, se fusiona con otra tempestad de idéntica intensidad y estalla en un estruendo ensordecedor, tan oceánico como celestial.

jueves, 15 de marzo de 2007

Lugar común.

No encuentro una definición más adecuada para el amor más que la de un fenómeno ilusorio, una construcción. En el fortuito caso del amor correspondido, fenómeno de ilusión sincronizada. No digo que descreo del sentir, pero creo aún más en el trabajo mental que lo acompaña, la decisión, sea conciente o inconsciente, de dar lugar a ese sentimiento y hacerlo crecer. O de hacer caso omiso y olvidarlo.
Bien es sabido que no hay estado más auténtico que el de la soledad, ni sentimiento más verdadero que el dolor. Ahí es donde nos encontramos con la crudeza de lo terrenal, camino unívoco para conocer la realidad más pura del mundo. Nacemos y morimos solos es una de las frases más gastadas que escuché, pero no por eso menos real. Sin ánimo de sonar fatalista, debo aclarar que soy una fiel y feliz defensora de la soledad como templo y refugio.
Sin embargo confieso (shhh) que, aunque muy cada tanto, me ocurre aquél fenómeno de la ilusión, pero todo se desarrolla de una forma más que caótica y concluye en historias que terminan antes de empezar. No hay duda de que el mundo se conjuga para convertirme en la reina de la individualidad y el cinismo. Pero como me gustaría volver a aquél teatro y que la función durara más que un par de horas.


jueves, 8 de marzo de 2007

Mi costado cínico se ríe a carcajadas de mi costado solemne.

Ok. Hagamos de cuenta que estamos enamorados, al menos para cortar con la monotonía por un lapso de cuatro horas. Me pasás a buscar por la facultad. Llegás 15 minutos antes, porque me amás, y la ansiedad por verme no te deja aprovechar la única hora de ocio que podés disfrutar en tus días livianos. Yo me pongo mis botas más femeninas, un suéter un tanto más escotado de lo habitual y mi perfume para ocasiones especiales, porque mi única intención es que me ames tanto como te amo yo. Planeo finamente las estrategias para lograr mi objetivo, entonces me propongo empezar por deleitar a tus cinco sentidos, por eso hoy cuando tomé mi ducha matutina me puse aceite Johnsons Baby y crema hidratante. También estrené un baño de crema para el cabello que lo deja sedoso e increíblemente brillante (es que en la publicidad las modelos parecen mujeres exitosas con el mundo a sus pies, por lo tanto me ví obligada a comprar el producto). Mientras hacía todo esto, pensé en el momento de tus dedos encontrándose lentamente con mi suavidad toda, no queriendo soltarme nunca más. Para los labios elegí mi nuevo rouge marca Rimmel London n°33, Rojo Screamer, y le agregué brillo labial con gusto a cereza. Estoy segura que te va a encantar.

A pesar de que te dije que salía de clases 23:30, me mandas un mensaje 23:22 para dejarme saber que ya llegaste. Claro, es comprensible, yo también estoy ansiosa, por lo que salto corriendo del aula al baño para asegurarme que mi cabello esté perfecto y mi maquillaje intacto. Abandono el edificio con la cabeza en alto, la espalda erguida y paso felino. Me ves desde la esquina y te incorporás abruptamente. Yo finjo no haberte advertido aún. Caminar sabiendo que tus ojos están fijados en mí hace que mis rodillas flaqueen. Aún no se si corresponde un beso en la mejilla o algo más, por lo tanto me limito a darte un cálido pero breve abrazo y susurro un saludo en tu oído. Vos sabés que a mi me gustan las personas con actitud, entonces me sorprendés con un beso suave pero seguro. Huelo tu fragancia Axe Fusion. Noto que te afeitaste antes de salir, evidentemente estabas muy inquieto, porque dejaste una pequeña cortadura debajo del mentón. Sonrío. Me decís que ya sabés adonde vamos (bien, un hombre siempre debe saberlo). Caminamos tres cuadras hablando de tonterías para ocultar los nervios y nos sale relativamente bien.

Una vez en el bar me esfuerzo por hablarte mas suavemente de lo que acostumbro y decirte todo que querés escuchar. Aparentemente tomaste la misma decisión, porque me hablás de cine. Yo finjo estar interesada, cuando en realidad desearía con todas mis fuerzas confesarte cuanto odio hablar de cine con cualquier otra persona que no sea Analía (se me ocurre que podrías pensar lo mismo cuando aprovecho un puente adecuado y desvío la conversación al tópico “literatura rusa”). Nos hace feliz darnos cuenta que los dos amamos a Dostoievski (aunque entenderlo es otra cosa… no me detengo más de 3 segundos en ese pensamiento, te amo, es lógico que entiendas absolutamente todo).

Pasada la tercera cerveza, sugerís un paseíto por Parque Lezama. Miramos la luna llena, tan adecuada para los amantes, y la festejamos. Nos sentamos en las hamacas y nos miramos en silencio, luego hacemos carreras. Bajas la velocidad y me decís que no preferirías estar en ningún otro lugar que no sea ese. Te ves tan adorable al pronunciar tales palabras que me veo obligada a saltar de mi hamaca a la tuya para besarte y nos caemos en la arena. Hace frío y me abrazas. Me hablás del cielo, el sistema solar, la vía láctea, las constelaciones de nuestros signos. Yo te digo que me encanta que seas de Tauro (aunque nada tenés de toro, pero pretendo creer que sí). Todo es perfectamente romántico.

Me doy cuenta que ya son pasadas las 3am y que debo partir. Me acompañas a la parada del colectivo. Por supuesto no me ofrecés ir a tu casa que queda a cinco cuadras, porque sos un caballero y yo una dama, y me amas y te amo y no nos importa esperar un poco más. Veo el bus a lo lejos, te aviso, me besas mientras levantás tu brazo para detenerlo y susurrás que me querés ver lo antes posible. Mientras me subo te digo que yo también, y que me llames, te saludo desde el interior del coche, vos me seguís con la mirada, yo te sigo a vos, de repente no te veo mas, y ya te estoy extrañando… aunque a decir verdad… no. Me doy cuenta de que ya estoy camino a casa y la farsa terminó, así que no, no te extraño. Y, por supuesto, no te amo. Hablás demasiado. Me repugna que uses pins en la solapa del saco, detesto tus comentarios enciclopédicos totalmente inadecuados, tu actitud pseudopunk y por sobre todo tus pretenciones literatas (saber utilizar el punto y coma no significa escribir bien, sabelo). Ah, y tu nariz aria, de la que estás tan ridículamente orgulloso, me resulta excesivamente pequeña para un hombre.

Pero vamos, tenemos que admitir que durante esas 4 horas nos salió bastante bien, ¿no?


miércoles, 7 de marzo de 2007

siete minutos de felicidad

Esta mañana, la nueva mermelada de moras provocó que los primeros cuatrocientosveinte segundos de mi día fueran tanto más amenos que de costumbre. Creo que sólo en estados de somnolencia o afines puedo apreciar de manera excepcional cosas tan ínfimas.
Ojalá me ocurriera eso durante los otros cincuetisietemilseisientos segundos que suelo pasar despierta.

socorro

No entiendo como dominar las sangrías.Al momento de publicar se me desaparecen. Me estoy volviendo loca loca loca, asi que escucho (o más bien leo), sugerencias al respecto.
Gracias.

Journal K, versión 2.004

Buenos Aires, 3 de Octubre del 2004

Querido Alejandro:

Me encuentro sumida en los efectos desalentadores de uno de esos domingos primaverales y soleadamente molestos. Me levanté hace unas horas de un fin de semana sin mucho sentido. Todavía queda todo el día por delante, todavía tengo muchas cosas para hacer, pero no estoy de humor. Fue una semana larga, y la semana que viene será mas larga aún. Están sucediendo cosas entretenidas, agitadas y emocionantes… en teoría. Pero se sabe que de la teoría a la práctica siempre quedan espacios vacíos. Me alegra haber conversado con vos el otro día al menos 15 segundos. Te siento más cerca que nunca y a la vez increíblemente lejano…

en fin.

Esta semana compré libros. Para no perder la costumbre, más Henry Miller con “Sexus” y un par más: uno de Turgeneiv, otro de Balzac, ediciones del 1907 y 1943 respectivamente (envidiame, sí, sé cuanto los amás). Empecé a leer los tres a la vez para ver con cuál empiezo. Henry gana de mano, no tanto por ser más genial que los otros, sino por su perfecta y elegante obscenidad. Hace tiempo que mis adquisiciones y acciones no se relacionan con una realidad del día a día, sino con la búsqueda de mundos alternativos, lejanos, que pueden resultar tan ensordecedores como luminosos… Esos viajes arrebatadores que se viven con cada libro, cada canción, cada universo único e irrepetible. La experiencia de entrega incondicional a la fantasía pura. Vos sabés bien de que se trata. El otro día volví a ver “La novia vestía de negro”. Al salir del cine me vi obligada a comprar un pañuelo sólo porque al rodear mi cuello con él me sentí como Jeanne Moreau. Esas cosas que pasan. Llamame ilusa, tonta, o simplemente fémina, pero el mundo que busco lo suelo encontrar en esos momentos. A veces también por la noche cuando me acuesto a dormir, con el efecto ese tan agradable que se genera gracias a la mezcla de la oscuridad, el silencio absoluto y la almohada. Como sea, no me alcanza. Soñar es hermoso pero no busco el escape, sino la conversión de esas fantasías en algo tangible. Quizá encontrarme con alguien que busque lo mismo, asesinar juntos los pedazos de realidad innecesarios y perseguir únicamente la esencia las cosas. ¿Y qué es la esencia? No lo sé con certeza, pero creo que cada día me voy acercando un paso más.

El viernes por la mañana tuve una clase de sonido insoportablemente aburrida. Clase de sonido o “sobre la imposibilidad de prestar atención”. Cómo vos me dijiste una vez, soy una persona con la cabeza en las nubes y los pies en la tierra. Pero sólo mis pies, porque la cabeza comienza a sobrevolar las nubes y las veo desde arriba. Despegando, los oídos se sienten ajenos, o tan propios que podría enloquecer. Pienso que la maqueta urbana es ridículamente insignificante cuando veo la cabeza de X desde el avión y lo reconozco (aunque sea una miniatura) porque nadie tiene una cabeza más encantadora que la suya. A pesar de que sólo es un puntito negro en alguna coordenada de esta maqueta horrenda, creo que mira para arriba. -Sí, soy yo en el avión! me estoy yendo, te das cuenta? Adiós, maldito idiota-. Comienzo a tararear alguna canción. No me importa el diminuto paisaje, ni la cabeza de X tan encantadoramente inútil. Me importa el inmensísimo pedazo azul de algo más inmenso todavía, la extraordinaria maqueta del Gran Creador o de nadie en absoluto. Y es que desde arriba, lo único verdadero es la pequeña inmensidad y…

Unos minutos más tarde, todo es océano. Aparece un pensamiento inevitable: -¿Y si el avión cayera?-. No hay problema, el tobogán inflable y amarillo siempre me pareció amigable. Pasan algunos fotogramas. FF. Y algo de elipsis. Exterior/ en algún café de Paris/ Día. K está sentada en una mesa sobre la vereda. Tiene 20 años, cabello largo y negro, lleva un pañuelo de seda en el cuello. Mira a su alrededor. Enciende un cigarrillo, cada tanto toma un sorbo de su café. Observa a su alrededor… K (en off)… “No espero a que nada suceda, porque ya esta sucediendo todo”. Desde un pequeño balcón se puede observar a un hombre tocando el bandoneón sentado en una silla. La melodía es suave y hermosa, tan parisina. El soundtrack es política y tan agradablemente correcto…

(¿Sonido directo? Sincro. Start.) Los pies en la tierra y por un rato la cabeza también, pero sorprendentemente la música sigue sonando. Miro por la ventana del aula de techos altos y paredes amarillas. En el balcón de enfrente hay un hombre sentado en una pequeña silla. Está tocando el bandoneón. La melodía es suave y hermosa, tan parisina. Sonrío. Y pienso que quizá mis sueños están mucho más cerca de lo que creía.

Espero tener noticias tuyas .

Con amor, mucho,

C.-

martes, 6 de marzo de 2007

Experimento: qué pasa si mezclamos "El muerto" de Borges con un western cualquiera y tratamos de redactar un argumento para un film.

Esta es la historia de William Blink, un joven de 16 años, que vivía en los barrios bajos de Nueva York allá por 1860. Sus padres habían muerto 3 años antes, durante un enfrentamiento entre ladrones de bolsillo que reclamaban sus calles. El había quedado completamente solo, vivía ocasionalmente en casas de amigos circunstanciales, y mientras tanto iba desarrollando el oficio de carterista heredado por sus padres. Debido a su agilidad y a su encanto (era un muchacho de tez morena y profundos ojos claros) podía robarle a elegantes señoras sin que se mosqueasen siquiera, las cortejaba mientras les iba arrebatando con hábil destreza sus pertenencias mas preciadas. Claro está que las señoras ni llegaban a sospechar de él, y atribuían las pérdidas a torpes descuidos o a jóvenes menos privilegiados en cuestiones de apariencia. Debido a esto, William fue ganando varios enemigos, los cuales lo entretenían más que asustarlo. El peligro era parte de la diversión y sus contadas cicatrices marcas de su valentía. Un día le es entregada una carta de parte de un tal John Lower, as de los contrabandistas, invitándolo a unirse a su banda en el lejano oeste. William, sin dudarlo demasiado, se sube a una carreta con otros conocidos del palo. El camino es largo y el desierto inmenso. Unos días más tarde y junto con la caída del sol, llegan al esperado destino, donde deciden festejar el arribo en una cantina. Beben entre vaqueros, forasteros y mujerzuelas, y por un rato olvidan sus obligaciones. Repentinamente se desata una revuelta y William, por puro instinto le encaja una puñalada a un hombre fornido y bigotudo. Más tarde se entera de que es Lower y decide olvidar el motivo que lo llevó a ese lugar. Hacia la madrugada parte con sus compañeros a una casona, todos duermen pero se queda pensando, sin demasiada preocupación tampoco, que será de él. Cantadas las seis y con solo una hora de sueño, lo levanta un hombre que lo lleva con John Lower. Éste lo recibe animosamente y William agradece que no lo haya reconocido. Beben unas copas. Al rato llega una voluptuosa mujer de largos cabellos negros y amplio escote, la cual le sonríe muy amistosamente. Lower la presenta como su esposa, Mary. Luego de unos minutos ella se va. Lower le ofrece a William emprender un viaje al norte de la región y éste acepta.

A la mañana siguiente emprenderá una travesía de noches largas e innumerables enfrentamientos por el áspero desierto. Durante estos viajes, la ambición mueve a William a tomar el liderazgo y comienza a hacerse temer por sus propios compañeros. Una noche de calor, a raíz de una insignificante discusión, William empuña su cuchillo contra uno de ellos dándole la muerte. Luego de esto nadie se atreverá a contradecirlo.
Con el paso del tiempo, William comienza a sentir en su sangre la seguridad de llevar el mando y una idea peligrosa pero inevitablemente atractiva empieza a gestarse en su cabeza: tomará al lugar de Lower. Pensando en esto recordó a la voluptuosa morocha, a la que en realidad nunca había olvidado, y pensó que ésta suerte de premio le daba una aire mas divertido a la cuestión. Sigue atendiendo a las obligaciones del patrón, pero sin olvidar su objetivo. Mas adelante irá ganando la confianza de Micky, un fortachón del grupo y le revelará el plan. Mickey acepta ayudarlo.

Una noche, luego de un agitado enfrentamiento con un grupo de indígenas, logran cruzar la frontera que los lleva a la estancia donde se encuentra Lower. Pasan unos días allí, días en los cuales William se encargará de impresionar a Mary creyendo, por supuesto, que nadie lo nota. Durante tres noches seguidas se encuentran en el interior del molino, cuidando que nadie siga sus pasos. Sin embargo, la tercera noche, Mary olvida un manto. Al amanecer va a buscarlo, pero no lo encuentra (Micky recuperó el manto y se lo entregó a Lower). Por temor o descuido, no se lo menciona a William. Al mediodía, Lower le encarga a William que vaya al pueblo a buscar a un tal Michael Brown y lo traiga a la estancia. William no pregunta más y emprende viaje. Al llegar se detiene en la cantina para tomar un trago. Al salir camina por las calles de tierra. Le pregunta por Michael Brown a un boticario que está sentado en una mecedora en la galería de su local. Este le señala al otro lado de la calle. A lo lejos está Micky mirándolo fijamente. Su revólver brilla por el sol del mediodía. Enseguida llegan Lower, Mary, y el resto de la banda. Todos ríen, menos Mary, quien solloza. Lower la maltrata, jalándole el cabello. William, por primera vez, siente miedo e inseguridad, factores peligrosos a la hora del enfrentamiento. William, traicionado por sus impulsos, muere a las 12:33.



sábado, 3 de marzo de 2007

Rómpete cabeza

Caminaba como si algo intentara salirse de ella. Sus pensamientos se convulsionaban en intervalos de ochenta y dos segundos. Las piezas del rompecabezas se ordenaban velozmente, pero con mayor rapidez se volvían a desordenar. El problema se generaba cuando entre una cosa y la otra, se perdía una pieza (altercado que ocurría no pocas veces). Ella se preguntaba si la misma se habría perdido para siempre o si quizá, en alguno de sus paseítos por universos del más allá o el más acá, podría encontrarla nuevamente.

Los diagnósticos indicaban que el problema aparentaba ser un exceso de absorción sensorial, absolutamente emocional pero muy poco racional. Le recetaron visitar paisajes despojados de urbanismo pero poblados de alacranes y melenas salvajes.

Sin más, armó su equipaje y partió hacia el país del puercoespín galáctico amarillo limón, no sin antes procurar dejar atrás todo objeto con dientes (a saber, se había recomendado: peines, cepillos de índole variopinta y tenedores) que sirviera para domesticar a ese animal que reposa ahí, arriba del cráneo.

Anduvo día y noche contemplando junglas de polvo y masticando hojas de alcaucil. Todo le pareció muy bello y colosalmente colosal. Su cabellera iba creciendo y aumentando en volumen. Un día se acordó de Janis y sonrió.

Sin embargo había viejas piezas que aún no encontraba.

Las convulsiones continuaron pero con intervalos cada vez más largos. Lo bueno es que tenía más tiempo para armar los rompecabezas, pero se dio cuenta de que a medida que transcurrían los días, éstos iban reduciendo considerablemente su tamaño. Comenzó a extrañar aquellas épocas en las cuales los puzzles podían ocupar jardines enteros. Ahora cabían en la mesita del té y en vez de contener la paleta de doscientos cincuenta y seis colores, en su lugar sólo había veinticuatro.

Se le ocurrió que quizá todo podría terminar por volverse monocromático y microscópico. O peor aún, inexistente. Un miedo feroz se apoderó de ella, sensación que la impulsó a montarse en el lomo de un gato alado multicolor y huyó tan rápido como pudo.

Al volver, lo primero que hizo fue acudir al tocador y desenredarse la maraña. Juró que nunca más iba a prescindir de peines. Luego, desempolvó los viejos rompecabezas y, aunque incompletos, se dio cuenta que todo un universo de posibilidades cabía ahí adentro.

-¡Suficiente!- pensó.

En ese preciso instante fue atacada por una nueva convulsión de magnitud orgásmica. Al finalizar, dio a luz al rompecabezas más grande y colorido que jamás haya existido.

Y sí, faltaron un par de piezas. Pero a decir verdad, a quién le importa.



Descripción

Por lo general es algo que empieza en la yema de los dedos, y nada tiene que ver con el tacto, aunque un poco sí, pero no más con la mano que con la mejilla o el empeine.
Como sea, empieza por los dedos y me parece que tiene sentido, porque son las extremidades que suelen estar siempre a la vista, siempre dispuestas a que ese algo u otro algo aparezca.
De los dedos a las palmas al antebrazo y al codo. Pasa por los hombros y es agradable, pero lo fantástico sucede cuando alcanza el centro de la espalda. Se concentra por unos instantes y va tomando forma, pero no en el sentido figurado, porque en realidad es un algo amorfo (aunque a veces me lo imagino como una especie de mancha espiralada, pero nunca lo pude corroborar).
De la espalda a la nuca, caminito por la cabeza y bajando por la punta de la nariz, pasando por los labios, va directo al pecho. Ahí pasa algo rarísimo: se detiene (parecería estar tomando carrera) y comienza a expandirse. Abruptamente se divide en dos y toma gran velocidad. A los pies llega en lo que dura una palpitación, se apodera por completo de ellos y automáticamente empiezan a andar.
Me pregunto adónde llegarán, pero a decir verdad pero no me importa demasiado. No por ahora. Prefiero disfrutar el camino.


try travel without moving

Ojos cerrados, primero con fuerza, luego un poco más distendidos. Ejercicio de agudizar los sentidos uno por uno. Como la sumatoria de todos los colores da blanco, se me ocurre ésto: quizá, si trabajo con esmero cada sentido, dará como resultado una traslación, el viaje hacia la imagen pura.
El plan es la evocación/emulación de instantes a elección.


Objetivo primero:

La sensación de estar andando en auto en una ruta. Frío que hiela los huesos, que choca contra la cara y duele apenas, pero no deja de ser placentero. El paisaje es mitad gris azulado, mitad verde (se entiende, claro, que hay una línea de horizonte en el medio). El verde brilla un poco más que de costumbre gracias al contraste con el gris. La sensación de estar andando en auto, pero también podría ser un tren. No sé, lo más importante es el paisaje y el frío, la impresión de movimiento hacia delante, aroma a lluvia inminente, música de terciopelo y una presencia indescifrable a mi lado.