jueves, 17 de mayo de 2007

Después de la batalla (cuento)

Estoy despertando y creo que es domingo. También creo que estoy abriendo los ojos, pero bien podría estar soñando que con esa acción mientras éstos se mantienen sellados con mil candados. Por lo pronto nada es preciso, el estado de somnolencia etílica me hace imposible discernir entre lo onírico y lo real. Estoy atravesando una suerte de purgatorio de la noche de ayer, lo siento en la carne; me toco el hombro, la frente, con triste dificultad intento llegar al talón pero fracaso y concluyo que es probable que toda mi piel se haya tornado color violeta. Por debajo también duele, en las venas fluye algo más que la sangre, hay algo que contamina, el dolor está también en las venas. Esta sensación espantosa me impide extenderme medio metro para alcanzar el teléfono que suena insistente, supongo que sos vos quien llama, que me estallen los tímpanos antes de saberlo, pero jamás voy llegar a atender.


Hace unas horas, mientras te esperaba en el bar, tenía la certeza de finalizar con toda ésta locura. Sabía que cuando llegaras no me iba a importar que estuvieras más hermosa que nunca (de seguro ibas a estarlo, es extraño como las personas siempre se tornan más bellas justo antes de desintegrarse). Y en efecto, llegaste y me pareció que nunca habías brillado tanto, y ahora se me ocurre que era porque ignorabas que estaba por llegar el fin, pero creo que tomé la decisión correcta… ya no soportaba más tus tiempos regidos por ritmos ováricos, tu falta de transparencia, de líneas claras; sólo sos un manojo de espasmos incongruentes. Tenés ese tipo de seducción basada en el capricho de turno y en la coquetería, pero no son más que tontas armas para disfrazar todas tus dudas e inseguridades. Típico de mujer, típico de vos. Sos el gran signo de pregunta de mi vida al que no le encuentro respuesta alguna, por lo tanto…la despedida. Qué maldita ambigüedad, qué puta amargura, me vuelvo tan frágil frente a vos… tu belleza me supera, no quiero dejarte, sólo quiero abrazarte hasta quebrarnos los huesos y...


De a poco y con cuidado me voy despegando de las sábanas, respiro el aire estancado de la habitación que se mezcla con el de mi cuerpo en un cocktail de humedad, cigarrillos, sexo y sangre. Siento náuseas. Me paso la lengua por los labios agrietados, en la boca pastosa todavía saboreo dejos de alcohol, de sueño y de vos. Necesito con urgencia lavarme éstos restos de exceso que podrían haber sido todo pero son la nada pura. Tengo tatuada tu sombra, temo que no vaya a salir tan fácilmente con jabón.


Al verte llegar casi me vi traicionado por la debilidad, pero por fortuna la conciencia intervino a tiempo. Por un glorioso instante me sentí verdaderamente mejor que vos, por primera vez creí que estaba tomando el control de la situación como un hombre duro, como eso que no soy. Vos te diste cuenta que era sólo una máscara y burlaste mi determinación con uno de tus besos más suaves, arma infalible para derribar todo lo que tanto me costó construir, todo este inmenso rascacielos de plástico. No pude detenerte y me justifiqué para mis adentros con la mentira de la despedida, el clásico beso de despedida, queriendo ignorar que ese beso era el comienzo de otro final que excedía mis planes; luego seguirían las infinitas copas de vino, el falso aventón a tu casa, el inevitable desvío hacia el hotel más cercano al que nunca deberíamos haber ido.


Se supone que el contacto del agua con la piel desnuda debería resultarme placentero, pero siento cada gota como mil cuchillas atravesándome. Es tal mi fragilidad que perdí la inmunidad hacia todo, inclusive al agua. Me volví porosa, permeable, maleable, transparente. Me cuesta estar de pie, tengo miedo de derrumbarme entonces me siento lentamente. Creo escuchar el teléfono de nuevo, pero el sonido es vago y se entremezcla con la ducha, con los autos que pasan por la avenida y con las voces de un nuevo sueño que se anuncia.


Al parecer me dormí unos instantes porque acabo de darle un sorbo a mi café y está helado, como si llevara varias horas reposando. No se por qué termine en la mugrosa estación de tren de Chacarita y por qué sigo bebiendo este café frío, la ciudad se está despertando pero yo ya no noto la diferencia entre la realidad, el dormir, el soñar; en ninguna parte hay descanso. Prefiero pensar que ésta noche sólo fue una horrible pesadilla y quizá lo sea. No se si me dormí, quizá dormité, o tal vez solo me perdí en ideas, armando y desarmando la noche, tratando de entenderte a vos, a mi, a los encuentros desencontrados, a las mil formas del amor, a todas las implicancias de esa palabra que de tan gastada ya perdió el sentido. Tengo tu perfume pegado a la nariz, en la ropa, en el cerebro, no se como sacarlo, no se si quiero, no entiendo lo que acaba de suceder pero creo que ya me estoy arrepintiendo... ¿ya te habrás quedado dormida? Me gustaría llamarte...


Ojalá seas vos quien llama. De un impulso apoyo mi mano sobre el borde de la bañera en un último y vano intento por averiguarlo, pero el peso de mi cuerpo me vence, me siento desvertebrada, como si mis músculos estuvieran anestesiados. No pongo resistencia. A juzgar por la luz que atraviesa la ventana ya debe ser media tarde. Al parecer es un cálido día de sol. Sigo en el baño y no creo que vuelva a salir de acá jamás. Me siento bien acá dentro, el agua ya no me duele, aunque sigua arrastrando sangre y el teléfono siga sonando una y otra vez...
Ojalá seas vos quien llama, pero ahora es seguro, nunca lo voy a saber.


miércoles, 18 de abril de 2007

big nothing

amor líquido que se diluye en alcohol y en el tiempo, que se consume a si mismo y se evapora sin llegar jamás a solidificarse. amor que fluye pero se detiene ante una equis cualquiera, ya sea por debilidad o simplemente porque decidió ser partículas de vapor antes que materia. ser niebla. la niebla nubla los sentidos y tapa los poros, ahoga los ojos que buscan encontrar algo más que lo amorfo, que desean con fervor ver una silueta materializada en medio de tanta niebla, pero nada, sólo amor vaporoso, orgasmos en la punta de la lengua, frenesí de burbujas que al tocarse explotan y caen en gotas, como el líquido que se hace vapor pero nunca materia.


Praga

En ese preciso instante sólo quería saltar. La sensación de estar viviendo tanto más de lo que podía procesar se me hacía desesperante. Habíamos llegado a Praga guiadas por un impulso casi inconsciente. Planeando el viaje entre mapas un mes atrás, notamos que este destino se alejaba miles de kilómetros del recorrido que habíamos diagramado y tampoco entraba en el circuito del Eurail Pass, pero no nos importó.

De pie en medio de ese puente, la certeza se hizo carne. Debía estar ahí, y no en el medio de cualquier otro puente de alguna otra ciudad. Sentía que todo en mi vida había ocurrido sólo para encontrarme en esa coordenada espacio-temporal. Aunque si así era, se hacía evidente que ese momento había llegado mucho más rápido de lo que esperaba, ya que en ese entonces yo tenía veinte años y todo un universo de posibilidades por delante, pero a decir verdad saltar de un puente no estaba exactamente en mis planes.
La mente y el cuerpo se sentían como invadidas por un fuerte narcótico, por un frasco entero de ellos. Lo que ingerí fue una sobredosis de belleza insublimable.

-Ann, acabo de entender exactamente de que se trata el sentimiento ese de los poetas románticos sobre el dolor de la belleza. Ani, exploto, necesito saltar.-

Y Analía que me agarraba del brazo y me abrazaba, le ví lágrimas idénticas a las mías, miraba todo y exclamaba también.

-¡Los cisnes existen más allá del lago dorado del Cascanueces!. En Buenos Aires sólo tenemos patos horribles. ¡Y acá sólo hay cisnes!-

Entonces la única palabra que vino a mi mente fue exceso. Ese tipo de exceso que provoca dolor. Como cuando se intenta guardar tantas mas cosas de las que una valija puede contener y termina reventando por presión. Ahí estaba el punto, la presión. Reventar, explotar, saltar. Si total, las cosas no iban a acomodarse tan fácilmente, entonces la idea del salto se me hacía de una lógica perfecta y acabada. Saltar, sí. Esa era la clave.

Tenía la seguridad de que esa sensación no iba a volver a repetirse, de que estaba experimentando el sumum de lo elevado. La única vivencia análoga a esto puede ser la del primer amor, pero el amor tiene que fluir de modo sincronizado con otro y se basa en una mutua construcción ilusoria. Además, habiendo experimentado el desencanto, descarto que se encuentren en la misma categoría. No, esto era otra cosa, un fenómeno personal, pura exaltación de los sentidos, de la mente, del alma o lo que fuera que nos conforma como universo humano individual a raíz de presenciar una realidad nueva, distinta a todo lo previamente conocido y concebido.

No sólo tenía que ver con la belleza del paisaje, sino con el estado más puro de la soledad. Estaba Analía, sí, pero estábamos viviendo viajes separados, y tan lejos el uno del otro como los kilómetros que nos separaban de Buenos Aires. Y es que en el fondo se trataba de eso, de la vivencia personal de uno, de cuando no hay nadie más que uno y tampoco hace falta, porque uno más el mundo bastan para mirarlo desde arriba, o desde abajo, desde donde sea pero no desde la rutinaria y vulgar superficie.

Sin embargo en el ser conciente de la autosuficiencia había algo agridulce, como en el costado amargo de la belleza, porque no hay plenitud ni perfección absoluta. El mismo germen que me provocaba saltar al vacío me hacía detenerme. Todavía faltaban muchos más paisajes, más amargura y más esplendor. Más de todo. Todo era parte de todo, y no iba despreciar el devenir por un momento de debilidad. Si había ido en busca de ese todo, esto era sólo el comienzo.


lunes, 26 de marzo de 2007

los primeros días de otoño vienen así

El cielo prometía un aguacero de dimensiones monumentales. Franjas color coral y gris plomo chocaban entre sí y se mezclaban formando figuras tan cautivantes como lúgubres. Yo caminaba por una avenida, obsesionada con la idea de encontrar algún cafetín pintoresco donde pudiera asesinar unos pedazos de tiempo.

La inminencia de la tormenta comenzaba a hacerse notar con efectos sonoros que hacían retumbar los tímpanos de todos. En un segundo de relámpago, noté una figura de particular encanto en el interior de un café y sin pensarlo me precipité a entrar.

Me senté dos mesas frente a ella pero no advirtió mi presencia. Miraba a través de la ventana, como hipnotizada con el movimiento exterior. Me pregunté si estaría esperando a alguien, o a algo, o a nada ni nadie en absoluto. Aunque su cuerpo permanecía estático, sus ojos tenían un tinte lúdico y parecían explorar con vehemente expectativa todos los recovecos del espectro visual.

La masa de cuerpos se desplazaba en todas las direcciones a paso apresurado; se presentía que el agua no se iba a hacer esperar mucho tiempo más. Encendí un cigarrillo, alternando entre mi afuera e intentando adivinar cuál sería el afuera de la muchacha. Ansiaba ver la caída de las primeras gotas y me divertía por demás la idea de contemplar el sentimiento apocalíptico que se apodera de las personas de forma colectiva cada vez esto sucede. Me simpatizó imaginar que quizá ella estaría aguardando lo mismo.

Mi café llegó oportunamente para el comienzo de la función: un diluvio fantástico, estruendoso, violentísimo. El café se pobló en su mayoría de señoras con tocados de peluquería, madres y niños. La calle fue vaciándose con rapidez, cada tanto pasaba un sujeto corriendo y saltando charcos. Por un instante la avenida quedó desierta de todo rastro humano.

Como sucede a veces, el mundo se sincronizó con el tiempo del cigarrillo, porque cuando me distancié de la escena, ya estaba consumido. Todo había terminado, excepto la lluvia, que seguía estallando poderosamente contra cualquier superficie. De inmediato dirigí mi mirada hacia la mesa de la muchacha, pero ya se había ido.

-Clásica decepción cotidiana del desencuentro sin encuentro- pensé.

Y sí pero no, porque miré hacia la calle una vez más y ahí estaba, parada en la esquina, sin paraguas, la cabeza ligeramente erguida hacia atrás, los ojos cerrados y la ropa hecha océano. Lanzó un vistazo al café y chocó con mi mirada para regalarme una sonrisa de un millón de dientes, tan bella como demencial. En ese instante entendí que su estadía en el café no había sido otra cosa más que la antesala al teatro.

La tormenta comenzaba a violentarse un poco más. Pagué mi café y al salir sentí las gotas burlando mi abrigo, atravesándome la piel, llegando a los huesos. Comencé a caminar hacia ella y una sensación de escalofríos me nació en la nuca y me recorrío entera hasta los pies. En ningún momento ella apartó la mirada, yo tampoco. Cuando estaba por alcanzarla me pareció que el mozo se acercaba a la puerta agitando mi paraguas, incluso creo que me llamó, pero yo por las dudas no volví a mirar para atrás.

miércoles, 21 de marzo de 2007

Sobre el fenómeno de ilusión sincronizada

Comienza con un repentino fluir avasallante del pálpito, como un narcótico apoderándose de cada centímetro del ser corpóreo y espiritual. La carne comienza su lucha por derrotar a esa obsoleta fachada denominada piel; ésta se agrieta, se consume felizmente para teñir de rojo malbec cada detalle del recorrido sensorial.
No hay otro medio de sublimación satisfactorio más allá de aquella explosión tempestuosa. Esta alcanza su máximo esplendor cuando, creyendo que se mira al espejo, se fusiona con otra tempestad de idéntica intensidad y estalla en un estruendo ensordecedor, tan oceánico como celestial.

jueves, 15 de marzo de 2007

Lugar común.

No encuentro una definición más adecuada para el amor más que la de un fenómeno ilusorio, una construcción. En el fortuito caso del amor correspondido, fenómeno de ilusión sincronizada. No digo que descreo del sentir, pero creo aún más en el trabajo mental que lo acompaña, la decisión, sea conciente o inconsciente, de dar lugar a ese sentimiento y hacerlo crecer. O de hacer caso omiso y olvidarlo.
Bien es sabido que no hay estado más auténtico que el de la soledad, ni sentimiento más verdadero que el dolor. Ahí es donde nos encontramos con la crudeza de lo terrenal, camino unívoco para conocer la realidad más pura del mundo. Nacemos y morimos solos es una de las frases más gastadas que escuché, pero no por eso menos real. Sin ánimo de sonar fatalista, debo aclarar que soy una fiel y feliz defensora de la soledad como templo y refugio.
Sin embargo confieso (shhh) que, aunque muy cada tanto, me ocurre aquél fenómeno de la ilusión, pero todo se desarrolla de una forma más que caótica y concluye en historias que terminan antes de empezar. No hay duda de que el mundo se conjuga para convertirme en la reina de la individualidad y el cinismo. Pero como me gustaría volver a aquél teatro y que la función durara más que un par de horas.


jueves, 8 de marzo de 2007

Mi costado cínico se ríe a carcajadas de mi costado solemne.

Ok. Hagamos de cuenta que estamos enamorados, al menos para cortar con la monotonía por un lapso de cuatro horas. Me pasás a buscar por la facultad. Llegás 15 minutos antes, porque me amás, y la ansiedad por verme no te deja aprovechar la única hora de ocio que podés disfrutar en tus días livianos. Yo me pongo mis botas más femeninas, un suéter un tanto más escotado de lo habitual y mi perfume para ocasiones especiales, porque mi única intención es que me ames tanto como te amo yo. Planeo finamente las estrategias para lograr mi objetivo, entonces me propongo empezar por deleitar a tus cinco sentidos, por eso hoy cuando tomé mi ducha matutina me puse aceite Johnsons Baby y crema hidratante. También estrené un baño de crema para el cabello que lo deja sedoso e increíblemente brillante (es que en la publicidad las modelos parecen mujeres exitosas con el mundo a sus pies, por lo tanto me ví obligada a comprar el producto). Mientras hacía todo esto, pensé en el momento de tus dedos encontrándose lentamente con mi suavidad toda, no queriendo soltarme nunca más. Para los labios elegí mi nuevo rouge marca Rimmel London n°33, Rojo Screamer, y le agregué brillo labial con gusto a cereza. Estoy segura que te va a encantar.

A pesar de que te dije que salía de clases 23:30, me mandas un mensaje 23:22 para dejarme saber que ya llegaste. Claro, es comprensible, yo también estoy ansiosa, por lo que salto corriendo del aula al baño para asegurarme que mi cabello esté perfecto y mi maquillaje intacto. Abandono el edificio con la cabeza en alto, la espalda erguida y paso felino. Me ves desde la esquina y te incorporás abruptamente. Yo finjo no haberte advertido aún. Caminar sabiendo que tus ojos están fijados en mí hace que mis rodillas flaqueen. Aún no se si corresponde un beso en la mejilla o algo más, por lo tanto me limito a darte un cálido pero breve abrazo y susurro un saludo en tu oído. Vos sabés que a mi me gustan las personas con actitud, entonces me sorprendés con un beso suave pero seguro. Huelo tu fragancia Axe Fusion. Noto que te afeitaste antes de salir, evidentemente estabas muy inquieto, porque dejaste una pequeña cortadura debajo del mentón. Sonrío. Me decís que ya sabés adonde vamos (bien, un hombre siempre debe saberlo). Caminamos tres cuadras hablando de tonterías para ocultar los nervios y nos sale relativamente bien.

Una vez en el bar me esfuerzo por hablarte mas suavemente de lo que acostumbro y decirte todo que querés escuchar. Aparentemente tomaste la misma decisión, porque me hablás de cine. Yo finjo estar interesada, cuando en realidad desearía con todas mis fuerzas confesarte cuanto odio hablar de cine con cualquier otra persona que no sea Analía (se me ocurre que podrías pensar lo mismo cuando aprovecho un puente adecuado y desvío la conversación al tópico “literatura rusa”). Nos hace feliz darnos cuenta que los dos amamos a Dostoievski (aunque entenderlo es otra cosa… no me detengo más de 3 segundos en ese pensamiento, te amo, es lógico que entiendas absolutamente todo).

Pasada la tercera cerveza, sugerís un paseíto por Parque Lezama. Miramos la luna llena, tan adecuada para los amantes, y la festejamos. Nos sentamos en las hamacas y nos miramos en silencio, luego hacemos carreras. Bajas la velocidad y me decís que no preferirías estar en ningún otro lugar que no sea ese. Te ves tan adorable al pronunciar tales palabras que me veo obligada a saltar de mi hamaca a la tuya para besarte y nos caemos en la arena. Hace frío y me abrazas. Me hablás del cielo, el sistema solar, la vía láctea, las constelaciones de nuestros signos. Yo te digo que me encanta que seas de Tauro (aunque nada tenés de toro, pero pretendo creer que sí). Todo es perfectamente romántico.

Me doy cuenta que ya son pasadas las 3am y que debo partir. Me acompañas a la parada del colectivo. Por supuesto no me ofrecés ir a tu casa que queda a cinco cuadras, porque sos un caballero y yo una dama, y me amas y te amo y no nos importa esperar un poco más. Veo el bus a lo lejos, te aviso, me besas mientras levantás tu brazo para detenerlo y susurrás que me querés ver lo antes posible. Mientras me subo te digo que yo también, y que me llames, te saludo desde el interior del coche, vos me seguís con la mirada, yo te sigo a vos, de repente no te veo mas, y ya te estoy extrañando… aunque a decir verdad… no. Me doy cuenta de que ya estoy camino a casa y la farsa terminó, así que no, no te extraño. Y, por supuesto, no te amo. Hablás demasiado. Me repugna que uses pins en la solapa del saco, detesto tus comentarios enciclopédicos totalmente inadecuados, tu actitud pseudopunk y por sobre todo tus pretenciones literatas (saber utilizar el punto y coma no significa escribir bien, sabelo). Ah, y tu nariz aria, de la que estás tan ridículamente orgulloso, me resulta excesivamente pequeña para un hombre.

Pero vamos, tenemos que admitir que durante esas 4 horas nos salió bastante bien, ¿no?